La
postura más clásica, seguramente. El hombre descansa sobre la
mujer cara a cara, y sus cuerpos entran en contacto pleno. Se
consigue así una penetración profundad y un alto nivel de
intimidad. Una de sus principales ventajas es precisamente que
ambos cuentan con libertad para mirarse, besarse o acariciarse,
pudiendo así explorar otras partes de sus cuerpos durante el
coito. Esta facilidad para mover las manos y lo estimulante
de la cercanía de los rostros contribuyeron a que esta postura se
convirtiera seguramente en la más practicada (al menos, en la
cultura occidental).
Pueden
variarse las sensaciones, dentro de esta misma colocación de los
cuerpos durante el coito, probando nuevos tipos de contacto: que
ella toque los glúteos y el ano de su pareja, que él frote el
clítoris de la mujer o que ella lo haga, que las piernas de ambos
estén más cerradas para sentir una cierta dificultad en la
penetración,... Su principal desventaja es que limita los
movimientos pélvicos femeninos exigiendo, por lo tanto, de la
mujer que
asuma un rol más pasivo.
Aunque se le
considera falta de imaginación y aburrida, esta postura permite
una infinidad de variantes para hacerla más atractiva y excitante.
Así, la mujer puede enlazar sus piernas sobre la espalda o las
nalgas de su compañero logrando una mayor estimulación del
clítoris. Eso sí, conviene tener en cuenta que a algunos hombres,
el hecho de sentir las piernas de su pareja sobre su espalda puede
llevarlos a precipitar su orgasmo.
Otra
posibilidad es que la mujer eleve sus piernas sobre los hombros de
su compañero. De este modo se alcanza un nivel de penetración muy
profundo, que exige movimientos suaves por parte del hombre dado
que le puede provocar molestias o dolores a la mujer. También se
puede optar por cerrar las piernas. Se consigue así que los
músculos de la vagina ejerzan cierta presión sobre el pene,
proporcionando sensaciones placenteras para el hombre y también
para la mujer, dado que
el clítoris también resulta más estimulado.